DEODORO ROCA - “Hombres de la Reforma Universitaria”
Estudiante del Colegio Nacional de Monserrat. A comienzos de la década de 1910 fue presidente del Centro de Estudiantes de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba y en 1918, siendo ya abogado, redactó el famoso Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria, iniciada en Córdoba, cuyo primer párrafo comienza del siguiente modo:
La Juventud Argentina de Córdoba a los Hombres Libres de Sudamérica.
Hombres de una República libre, acabamos de romper la última cadena que, en pleno siglo XX, nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que faltan. Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana.
En 1925 fundó la filial Córdoba de la Unión Latinoamericana fundada ese mismo año por José Ingenieros. Fue fundador también del Comité Pro Presos y Exiliados de América, del Comité Pro Paz y Libertad de América, de la filial cordobesa de la Sociedad Argentina de Escritores y de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, precursora de las organizaciones de derechos humanos argentinas, las que presidió también.
Fue director del periódico Flecha y la revista Las Comunas donde publicó gran parte de su obra escrita.
El famoso «sótano de Deodoro» en su casa de Córdoba (Rivera Indarte 544) fue uno de los centros más importantes y progresistas de la cultura argentina, en las décadas del 20 y del 30.
La reforma cumplió con cierto rigor histórico; detrás de todo movimiento de cambio siempre hay algunas mentes que la inspiran, que le dan sustento y que las contienen intelectualmente.
Es el caso de Deodoro Roca, que la distancia nos lo hace ver como una figura homérica de austeridad dúctil y constante interacción de la inteligencia y el sentido moral.
Hásele comparado a un erudito del Renacimiento. Si de los famosos académicos que a las orillas del Arno renovaron los diálogos platónicos, faltóle el sentimiento desbordante de la existencia y la estética sensualidad, socrático por naturaleza, poseyó sin embargo, en la prístina frescura de su raíz helénica, agravado con la pesadumbre del espíritu moderno, el concepto trágico de la vida. Junto a la aérea Palas, casqueada de oro, que sintetizas en el gabinete de los estudiosos el esfuerzo perenne del conocimiento, debiera figurar en el suyo la imagen de Thanatos, a cuyos pies todo vivir acaba. Esta inquietud superior, rara entre las obras de nuestra literatura, enaltece su producción breve pero entera y nos suministra las claves de su tortura espiritual. Encandecido por la idea del futuro devorador, confesaba en sus días postreros, febril, a despecho de la postración, que solo quería vivir para su obra múltiple, casi todo “in pectore”. Tales palabras brotadas de sus labios macilentos, revelando lo que aún podía dar de sí el escritor desaparecido en plena juventud de su fecundo medio día, lo definen asimismo, con la elocuencia del instante supremo, en la integridad de la heróica decisión de ser que animó su vida.
II – Nacido en la tradicional ciudad de Córdoba el 2 de julio de 1890, en el seno de una no menos tradicional familia que estaba posicionada precisamente en las antípodas del lugar que racionalmente quiso estar. Su padre eran Deodoro y su madre Felisa Allende, casados en la misma ciudad el 9 de agosto de 1879.
Siguiendo una suerte de rito, estudió en el Colegio Nacional de Monserrat, para continuar su formación en derecho donde con apena veinte años, preside el Centro de Estudiantes de Derecho de la Universidad de Córdoba.
Tenía el don natural del verdadero “leader”; de gran porte, voz de cantante clásico, fino sentido del humor, gran valentía y dotes de enseñante.
Existe un documento que es una biblia de los reformistas, el “Manifiesto liminar” cuyo autor la historia se encargó de preservar cerradamente. Pero los reformistas sabemos que corresponde al patrimonio escritural de Deodoro, fue el “ghostwriter” de la Reforma.
Fue militante estudiantil reformista, casi la izquierda de aquellos tiempos, paisajista y nudista, con todo lo que eso significaba. El papel que Roca jugó en aquellos días fue minimizado por la cultura oficial, que encorsetó las conquistas del movimiento estudiantil. La Reforma, según sus impulsores, era el chispazo previo al estruendo que debía despabilar a la sociedad entera. “Sin reforma social no puede haber cabal reforma universitaria”, sostenía Roca. Deodoro había estudiado en el Colegio Nacional de Monserrat. A comienzos de 1910 presidió el Centro de Estudiantes de Derecho de la Universidad de Córdoba, donde se recibió de abogado. De gran estatura, voz de barítono y un carisma inusual, fue apreciado por su sentido del humor, su coraje cívico y su exquisita aptitud para la docencia. En 1920, propuso abolir el título de doctor: “no hace otra cosa que satisfacer la vanidad de los mediocres”. Rechazó la enseñanza orientada al “éxito” y los exámenes. “Una vida no puede depender de una buena jugada”, sostenía.
En 1918, cuando el movimiento reformista triunfaba, cometió su primera herejía: casarse con la hija del Rector que la Reforma había echado, la ceremonia fue el 3 de noviembre de 1918 en la iglesia de Nuestra Señora del Pilar. María del Rosario Deheza (1896-1967) era la hija del responsable de cerrar la Universidad Nacional de Córdoba, Julio Deheza. Algunos amigos de Deodoro planearon arruinar su boda, pero ese día llovió y el atentado quedó en amenaza. Cuando cenaba en lo de su suegro nadie, salvo su esposa, le dirigía la palabra. “Pregúntele al doctor Roca si quiere un poco más de puchero”, le decía al sirviente la dueña de casa, quien debía sentarse al lado del marido de la mayor de sus hijas. Encerrado a dos bandas, Roca respondía a sus propios principios.
Con María Deheza tuvo dos hijos, Marcelo (1922-1994) y Gustavo (1924-1991), ambos abogados. Será el segundo, su más claro heredero, defendió presos sindicales, estudiantiles y políticos. En 1976, el general Luciano Benjamín Menéndez ordenó asaltar e incendiar su estudio jurídico, y en el exilio animó a la Comisión Argentina por los Derechos Humanos (CADHU). En la biblioteca de su padre, Gustavo conoció a un vecino que, en 1960, lo invitó a una isla caribeña donde acababa de hacer una revolución. Ese joven reformista, Ernesto Guevara, solía ir al sótano de Rivera Indarte 544 a leer y conversar (1).
Después del golpe contra Hipólito Irigoyen, Deodoro se afilió al socialismo, que lo postuló como candidato a Intendente. Duró poco: pronto circuló la versión de que se había ido por su cuenta, pero fue expulsado por sus disidencias. Para él, el socialismo era más una escuela que un partido. “Era tan independiente, crítico e irreverente como luego lo fue mi padre: alérgicos a la disciplina, los reglamentos y las imposiciones”, explica desde Panamá su nieto “Deodorito” Roca, hijo de Gustavo, historiador y Coordinador Subregional para América Central de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO).
El “Manifiesto liminar” es uno de los documentos políticos más importante de nuestra historia fue una expresión de la atmósfera opresiva de la vida académica cordobesa, en medio de una posguerra que excitaba sentimientos antiimperialistas, a su vez animado por el clima insurreccional que propiciaba la revolución bolchevique. Meses después, ochenta y tres estudiantes declararon la huelga general y terminaron en la cárcel, acusados de sedición.
El movimiento se echó a andar contra la infantería y la Policía dispuestas a “recuperar” el rectorado a sangre y fuego. “Obreros y estudiantes, unidos adelante”, fue la consigna que sacó a los jóvenes de prisión. Igual que el París del 68 pero en Córdoba, cincuenta años antes. El movimiento logró democratizar aquella universidad dominada por un clericalismo retrógrado, consiguió la autonomía académica, el cogobierno de estudiantes, profesores y graduados, la extensión de la universidad a otros sectores sociales y libertad de cátedra. Y terminaba con las camarillas, el amiguismo y los cargos hereditarios.
La revuelta pronto se propagó en las universidades de Buenos Aires, La Plata y Córdoba, y contagió a América Latina.
Desde 1916 Roca era director del Museo Histórico colonial por una designación del gobernador radical Eufrasio Loza. Cuando estalla el momento de la Reforma, era abogado en ejercicio de la profesión y se pliega –en verdad lo impulsa- al mismo por medio del Comité Córdoba Libre, y en esa condición tuvo algunos enfrentamientos con autoridades, una de ellas con el gobernador Julio Borda que le recrimina por su protesta ante el accionar policial en la Universidad, lo que fue respondido con el republicano concepto de que el empleo era cumplimiento de obligaciones pero no una gracia ni significaba vasallaje. Es posible que esa respuesta haya encabritado más a las autoridades que sin más lo exoneran como Director del Museo a comienzos de 1919.
Este será su paso por la gestión pública, salvo los dos años de profesor de Filosofía en la Facultad de Derecho entre 1919 y 1921.
Existe en la vida de Deodoro un espacio físico muy particular, el sótano. Nuestro recordado nació y murió en la casa paterna de Rivera Indarte, una amplia casona con gran patio y como en los cuentos, existía un lugar que reservaba los secretos; era el subsuelo. Como ciudad colonial, el casco antiguo estaba atravesado por varios túneles que desde las casas importantes permitían una segura y rápida evacuación en las emergencias, siempre vinculadas a movimientos políticos. Pero este era otro ámbito, era el mítico sótano deodórico, el sitio donde Roca pensó cómo cambiar la realidad.
Por el mismo, pasaron Ortega y Gasset, Pablo Neruda, Hermann Keyserling, Rafael Alberti, que apenas enterado de la infausta noticia de la muerte escribió “Elegía a una vida clara y hermosa”, Juan Filloy, José Ingenieros, Lisandro de la Torre, Alfredo Palacios, Manuel Gálvez, Eugenio d’Ors, Macedonio Fernández, Saúl Taborda, Gregorio Bermann, sólo por nombrar algunos con los que trabó una amistad creadora.
En ese punto, casi una espelunca, diría el propio Deodoro, se gestaron ideas para una nueva sociedad.
De pronto un leve malestar y un diagnóstico fatal. La desaparición de tan noble espíritu en lo más granado de su sazón, representa, ciertamente, para la intelectualidad una perdida digna de honda queja. Hombre un tanto brusco, de largo cavilar, no fluyó de su pluma el raudal desbordante de pasión humana que hubiera asegurado a su obra, en el alma dolorida del pueblo, recordación perenne. Sin embargo, su muerte profundamente deplorada por todos los que perseveraron en la odisea del ideal, significa la asunción a la eterna luz serena de una inteligencia y de alteza que, mereciendo la duradera admiración de los universitarios y estudiosos, se ha incorporado para siempre a la evolución intelectual del país. Roca, lúcido y perseverante, contribuyó a acrecentar con la tácita ramificación imponderable der sus ideas la posibilidad de un ambiente cada vez más propicio al advenimiento de los futuros heráclidas del intelecto argentino.
Finó su vida terrena el frío domingo 7 de junio de 1942.